¿Qué hacer después de escribir?

 

La mayoría de los emprendedores, de los marketers, incluso la mayoría de los copywriters nos preocupamos mucho por el qué escribir: ¿de qué voy a hablar?, ¿cómo lo voy a decir? ¿cuán largo debe ser? Y muchas cosas más.

Eso sin meternos en profundidades más conflictivas como el miedo al papel en blanco, a la mente en blanco y a la posterior cuenta bancaria en blanco, porque a nadie se le mueve un pelo con lo que escribimos. Pero eso es harina de otro costal.

Lo que intento explicar aquí es que muchos suelen poner toda su energía en el momento de la escritura del mensaje y creen que al colocar el punto final, se terminó el trabajo.

Malas noticias.

Allí es cuando recién comienza. El camino que te espera a partir de allí será más largo o más corto en función de cuánto te hayas preparado para el «sagrado momento de la escritura». Pronto entenderás el porqué de las comillas.

¿Hiciste todo bien desde el comienzo?

Antes de explicarte lo que puedes y debes hacer después de terminar tu hermoso texto, tenemos que rebobinar hasta el minuto cero, ese en el que todavía no te habías sentado a teclear, o a escribir con lápiz y papel.

¿Definiste con claridad qué cosa querías comunicar? Sí, una sola cosa, clara y precisa.

¿Conoces al dedillo a tu buyer persona? Si no sabes quién te va a leer difícilmente puedas hablarle en un lenguaje que entienda y con el que empatice.

¿Sabes dónde lo vas a publicar? Cada canal tiene sus características, normas y limitaciones. Así que cada uno puede ser mejor o peor para transmitir tu mensaje.

Si hiciste todo bien al principio, si tus respuestas a todas estas preguntas son positivas, entonces tienes buena parte del camino allanado.

Es muy probable que, cuando te sientes a escribir, todo fluya con más facilidad y tu texto cumpla con su cometido.

El «sagrado momento de la escritura»

Aquí vengo a explicarte la razón de las comillas.

Para muchos, el acto de escribir es algo destinado a los eruditos, a profesionales inalcanzables con destrezas muy difíciles de aprender… Piensan en que quien escribe debe encerrarse en un ático a escribir durante meses sin ser interrumpido ni por el ruido de una mosca. Solo así podrá salir un texto brillante.

No voy a negar que los grandes escritores de la historia puedan haber creado sus grandes obras maestras de esta forma.

Pero ni tú ni yo estamos pensando en convertirnos en candidatos al Nobel de literatura.

Tú y yo lo que queremos es escribir un texto convincente, empático, atrapante, pero sobre todo, legible, comprensible, sencillo.

Entonces tenemos que bajar un poco la vara y pensar en el acto de escribir como algo desafiante, sí, pero también divertido, emocionante, satisfactorio.

A mí, por ejemplo, nada me produce más adrenalina que sentarme frente a la pantalla, abrir un nuevo documento de Word y empezar a teclear pensando en lo que estará allí plasmado a la vuelta de un par de horas.

Supongo que debe ser una sensación similar a la que experimenta un pintor frente a un lienzo en blanco, un músico frente al piano y un pentagrama vacío, un escultor frente a un bloque de piedra.

Los que lo enfrentan con miedo, con la energía oscura de que «nada bueno me va a salir», no lo lograrán.

Así que ¡derribemos el mito!

Tú, yo, todos podemos escribir un gran texto.

No lo tomemos tan a la tremenda, pero tampoco tan a la ligera.

Prepárate, siéntate cómodamente, con buena luz, en un espacio de tiempo en el que sepas que no vas a tener interrupciones. ¡Apaga el celular! Y llénate de esa hermosa energía creadora.

Ahora sí, estamos listos para escribir algo genial.

Y después de escribir… ¿qué?

A riesgo de sonar como canción de Cristian Castro, es la gran pregunta que nos trajo hasta aquí.

Pues te voy a contar algo que seguramente ya sabes —si ya has escrito algo—. Pero te lo cuento porque sé que te reconfortará saber que no te ha pasado solamente a ti. Le ha pasado a todos: a mí, a pesar de que escribo miles de palabras por día, y a aquellos grandes eruditos cuando salen de su ático.

Terminas de escribir, lees de arriba a abajo… y te parece que lo que acabas de escribir está bien.

Todo indica que está listo para enviar/publicar. PERO NO.

¡STOP! No muevas un dedo…olvídate de la tecla “Enviar”.

El texto está caliente. Tú estás caliente. Tienes las palabras y las ideas muy frescas en la memoria. Es como quien va a entrenar y se llena de energía… pero al día siguiente le duelen hasta las pestañas.

¿Qué debes hacer?

Te lo cuento.

Refrigerador y Netflix

¿Whaaat? En este punto estarás pensando «Milena se volvió loca, mezcló un texto ajeno en este artículo».

Nop… sé muy bien lo que te digo. De hecho, es lo más sensato que leerás en todo este post.

Después de escribir tu texto, lo mejor que puedes hacer es guardarlo en el cajón, grabarlo y apagar la computadora, cerrar el cuaderno.

Yo lo llamo «llevar el texto al refrigerador». Necesita enfriarse. O mejor dicho, tú necesitas enfriarte.

Prepara la cena, siéntate a mirar el nuevo capítulo de tu serie favorita, saca a pasear al perro… Sepárate física y mentalmente de tu texto lo más que puedas. Dos horas, medio día, un día o dos, si es posible.

Luego vuelve: abre el cajón, el cuaderno o la compu… ¿Qué ves?

No soy adivina, pero ya lo sé: TODO ES UNA BASURA.

¡Qué sensación de m…!

Haber pasado perdido tantas horas escribiendo algo que merece ser quemado (arrugarlo o mandarlo a la papelera serían indulgencias).

¡STOP! No muevas un dedo.

Es un espejismo. No es real. No está mal lo que hiciste. Por lo menos no está tan mal como lo ves en ese instante. Créeme…

¿Qué hacer entonces?

Te lo cuento.

«Que no panda el cúnico»…

… Como decía mi adorado Chapulín Colorado.

Si hiciste todo bien, si sabías lo que querías decir, a quién y dónde publicarlo, el producto que salió después de escribir no puede ser tan malo como para desecharlo.

Lo que sí es posible es que tengas las ideas un tanto desordenadas (solemos escribir tal como fluyen las ideas en nuestra mente, y el texto escrito no tiene la misma estructura). Puede que tengas redundancias, palabras que se repiten mucho y, sobre todo, errores ortográficos y de puntuación.

Dicho así, no suena tan grave, ¿cierto? Nada que una segunda (o tercera… o cuarta) lectura no pueda arreglar. Entonces, ¡a la carga! Esto es lo que tienes que hacer después de escribir cualquier texto:

Lee todo el texto de nuevo y haz una segunda lectura en voz alta. No sabes lo que encontrarás escuchándote a ti mismo. Si se te enreda la lengua, es porque estás usando palabras que no suenan bien juntas, si te falta el aire, seguro estén faltando un par de comas, si no se entiende algo, deberás explicarlo mejor.

¿Cumple el texto con tu objetivo inicial? Recuerda que era uno solo, claro y preciso. Asegúrate de que lo cumple y de que no caíste en la tentación de agregar nuevos objetivos sobre la marcha.

La idea principal, el mensaje más contundente debe estar al comienzo. Trata de que cada párrafo deje al lector con ganas de seguir leyendo.

Las marcas rojas. Siempre digo lo mismo: si estás en Word o en Google Docs y ves una palabra subrayada en rojo ¡no es decoración! Algo está mal en esa palabra o en la oración. Si bien los procesadores de texto no son infalibles —algunos tienen un diccionario muy pobre—casi nunca se equivocan. Hazles caso. Ayúdate con diccionarios físicos o en línea.

Una vez que tienes —o crees tener— tu texto a punto, adivina qué… Es momento de llevarlo de nuevo al refrigerador.

Imagina que es una receta de un gran postre. Tarda, pero saborear los resultados bien vale la espera.

Prende el celular, responde todos los chats, bébete algo calentito y vuelve al texto.

Leerás todo de nuevo y ¡VOILÁ!

Encontrarás que es tan espectacular que dudarás incluso de haberlo escrito tú.

Así funcionan las cosas después de escribir. El tiempo te abre los ojos, te aclara las ideas, juega a tu favor.

Tómate en serio la escritura. Si lo haces rápido, por salir del paso, por cumplir un formalismo, te apuesto que no lograrás transmitir el mensaje de forma adecuada. No causarás impacto. Y eso no es lo que quieres, ¿verdad?

Un par de consejos finales

Antes de terminar, no quiero olvidarme de contarte dos cosas que son fundamentales si estás escribiendo un texto para el mundo online.

El lector web es impaciente. Son trillones de páginas con información relevante dando vueltas como pequeños átomos dentro de una célula. Si tienes algo importante que decir, dilo rápido y al comienzo. Con palabras claras, pero atractivas y contundentes. Conquista primero, enamora después.

El lector web no lee, escanea. No dispongas el texto como si fuera un libro o un diario. Quien te lea desde una pantalla hará un «barrido» de arriba abajo, deteniendo el ojo en donde encuentre algo que le llame la atención.

Usa a tu favor, entonces, los recursos de la escritura web: títulos de diferentes tamaños (H1, H2, H3…), negritas, cursivas, subrayados, MAYÚSCULAS, colores.

Rompe párrafos largos. Rompe oraciones largas. Incluye viñetas y listas fáciles de leer. Intercala bloques de texto con imágenes, videos o GIF.

Y sobre todo, escribe algo que sea interesante para tu audiencia. Es la única clave que garantizará que te lean.

Si entregas valor, nada de lo demás importa.

Y tú ¿qué haces después de escribir un texto?

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