El amor en los tiempos del algoritmo

Cómo aprovechar la tecnología sin ser esclavo de ella

 

De cómo una mujer madura lucha por mantenerse actualizada y aprovechar las bondades de la tecnología sin ser engullida por ella. Una cruzada por un mundo 3.0 más orgánico, natural, auténtico.

Lo diré una vez más. Soy la copywriter más 1.0 del mundo mundial.

Pertenezco a la generación X, vengo del mundo analógico y me ha costado sudor y lágrimas (por suerte, sangre todavía no) tomarle el pulso a los interminables adelantos de la tecnología que, reconozco, me han facilitado la vida y me han permitido ampliar mis fronteras de acción al infinito y más allá.

En alguna de las tantas oficinas en las que trabajé a lo largo de mi carrera profesional, recuerdo que había un afiche de un chimpancé sentado en un inodoro (vaya uno a saber por qué) con esta leyenda: «Justo cuando encontré las grandes respuestas de la vida, me cambiaron las preguntas».

Frente a la tecnología me siento un poco ese chimpancé.

Cuando por fin logro entender para qué puede servirme una herramienta, una aplicación, una red social, la cambian o aparece otra que se transforma en «la mejor». Me esfuerzo, pero siento que es una carrera en la que siempre llego detrás de la ambulancia.

Facebook, mi primer amor

Cuando Facebook apareció detrás de los arbustos, mi hija me contaba lo útil que podía ser para encontrar viejos amigos y conectar con la familia distante. «Jamás en mi vida me meteré allí», decía… Unos meses más tarde, no podía despegarme de aquel «muro» que, lejos de abrirme al mundo, me aisló de él.

Después, Facebook creció tanto que cambió. Y yo empecé a hacer cualquier cosa menos conectar con la familia y los amigos. Mi muro se llenó de frasecitas de autoayuda y videos graciosos de perros y gatos, comencé a ver mensajes de las mismas 15 o 20 personas de siempre y hasta llegué a olvidar quiénes estaban en mi lista de amigos, porque no interactuaba jamás con ellos.

Más adelante, el concepto «viral» me enfermó en serio: todo el mundo posteando lo mismo ¡por Dios! Y la estocada final me la dio la llegada de la publicidad. Allí se fue todo al carajo.

Era un zombie y no lo sabía. Seguía haciendo scroll down como una autómata, poniendo la manita con el pulgar arriba a diestra y siniestra, incluso cuando el tema fuera tan siniestro como las guerras, la muerte o los conflictos políticos de mi país… porque lo único que podía hacerse en ese entonces era poner una manito con el pulgar arriba, no sé si recordarás. Muy loco.

Por esos mismos días me picaba el gusanito de querer hacer algo para  independizarme y trabajar en lo que me gusta, en aquello por lo que me quemé las pestañas 5 años en una universidad, en esto que es lo que mejor sé hacer: escribir.

Quería hacer algún curso, actualizarme… pero no tenía tiempo, decía.

Y como explico siempre cuando cuento cómo logré vivir de escribir, tuve que sincerarme conmigo misma y admitir que, en realidad, tenía por lo menos DOS HORAS DIARIAS desperdiciadas frente a la computadora, consumiendo idioteces en Facebook.

A partir de ese momento, abandoné la red social casi por completo. Comprobé que el mundo no se acababa si no entraba y empecé a dedicarle dos horas diarias de mi vida al curso de copywriting que ahora me permite ser tan feliz haciendo lo que amo.

Me había desintoxicado y era una nueva persona. Mi sensación era la misma de aquella mujer que logra romper —pensando que  era imposible— con un novio posesivo y tóxico. Me sentía triunfadora, desdeñaba de las redes sociales y estaba completamente segura de que nunca más me engancharía en una relación de ese tipo: había madurado.

Y entonces, llegó Instagram

Sí, llegó Instagram y el aire empezó a llenarse de tonos rosas, violetas y naranjas… el azul de oFicina era tan solo un recuerdo.

«Ahora la gente está en Instagram», «si no estás allí, no estás», decían todos. Así que me asomé para ver…solo para ver. Y como niña en juguetería, lo que vi, me gustó.

Era una red social bastante gráfica, predominaban las buenas fotos, textos cortos o inexistentes, algunas palabras con almohadillas que no entendía bien para qué servían y, lo mejor de todo, CERO publicidad.

La chica maltratada y ninguneada por el novio posesivo estaba alerta; «este es distinto», me repetía internamente. Este será mucho mejor.

Así que me lancé de nuevo a la piscina, contenta y confiada. Al principio todo era una luna de miel. Posteaba poco, me gustaba más ver lo que subían mis amigos y conocidos. La manito azul mutó a corazoncito rojo y sin darme cuenta, recaí en el estado de “scroll down hipnosis” de antes.

Reaccioné cuando detecté que podía usar la red social para algo más que para ver el contenido de otros: para compartir mi propio contenido de valor. Entonces creé mi perfil profesional, empecé a seguir a referentes, mentores y personas relacionadas con el marketing… y a subir algunos contenidos propios.

Pero una vez más, todo empezó a cambiar:

  • Ya no era solo una imagen bonita con alguna reflexión, ahora los textos tenían que ser larguísimos para que el algoritmo los valorara.
  • Ya no eran solo imágenes, ahora lo que mejor funcionaba eran los vídeos.
  • Ya no era solo contenido en el feed, ahora estaban las historias y el Instagram TV.
  • Ya no era postear una foto sacada naturalmente con el celular, sino toda una producción (aunque pareciera “al descuido”) llena de stickers, gif, filtros y ¡música!
  • Ya no era subir contenido de valor, sino además promocionarlo con dinero, porque si no, no me vería ni el loro…
  • Ya no eran 10 minutos al día, sino otra vez dos horas diarias viendo NADA.

Ahora tengo un novio posesivo, tóxico, y además, mercantilista. Una sanguijuela que me chupa tiempo, energía, creatividad y DINERO.  #WTF

Momento de quiebre

Ahora mismo estoy en ese momento en el que sabes que tu relación no te llevará a ningún lado, pero no sabes cómo cortarla.

Tienes a tus amigas alrededor, todas casadas con el mismo perfil de tipo, todas en apariencia felices, y ni te atreves a pronunciar las temidas palabras «no aguanto más». ¿Cómo irte del club donde están todas? ¿Qué será entonces de tu vida social? ¿¡Qué vas a hacer con tu vida!?

Todavía no tengo la respuesta a esas preguntas, pero no dudo que encontraré un camino tan o más enriquecedor que el que tomé cuando me divorcié de Facebook. YO PUDE. YO PUEDO. YO PODRÉ. ✊

Y es una decisión que tomo en un momento álgido: estoy a un paso de sucumbir y empezar a pagar anuncios para aumentar seguidores y, en un futuro, vender algún producto. Ahora mismo no sé si lo haré. Pero si lo hago, definitivamente no será por las razones que creía tener hasta ahora.

Las casualidades no existen… la vida me va poniendo en el camino amigas rebeldes que están en el mismo club, pero que tienen claro sus pros y sus contras, tienen otra vara para medir las cosas. Chicas como Oye Deb, cuyo primer episodio que escuché de su podcast, fue precisamente este. Por suerte, no estoy sola.

Lo que he aprendido en el camino

Este camino sinuoso que me ha llevado de ser una periodista 1.0 a una copywriter 3.0 me ha dejado muchas enseñanzas. Nada de esto ha sido en vano, pero no debo olvidar cada piedra y cada zanja.

Cada emprendedor labra su propio camino, pero es inevitable al comienzo, intentar copiar los pasos del otro, de aquel al que uno ve exitoso, sonriente, económicamente sano.

La tendencia —humana y natural— es replicar: «Si a él le resulto ¿por qué no a mí?». Pero poco tiempo después te das cuenta de que hay miles haciendo exactamente lo mismo, y si tú vas a hacer el emprendedor 1001 haciéndolo todo igual, poco futuro tienes.

Es el momento en donde se encienden todas las lucecitas internas y entiendes que estás haciendo exactamente lo contrario a lo correcto: lo que hay que hacer es diferenciarse. Ser único, distinto, darle una vuelta más al asunto y ofrecer algo que tus competidores no tengan.

Te rebanas los sesos encontrando esa Unique Selling Proposition. Tarde o temprano la encuentras… o la inventas. Pero después te sientes como con vestido prestado. Algo te sobra o algo te falta y no sabes bien qué es. No estás cómoda.

Yo estoy en ese preciso instante… estoy torciendo mi brazo derecho por encima de mi cabeza, tratando de llegar a mi espalda y abrir el broche de este vestido (que parece más un corsé) para poder RESPIRAR.

¿Entiendes de lo que hablo? Espero que sí, porque ni yo misma estoy segura de entenderme.

Es un momento de quiebre, de cambio… hacia qué, no sé. Lo único que tengo claro es que no puedo hacer las cosas que dicen que funcionan si siento que a mí no me funcionan y que no puedo estar donde se debe si no estoy donde quiero estar.

Ni igual ni diferente: AUTÉNTICO

Al fin y al cabo creo que esto es solo una más de mis crisis de rebeldía —naces rebelde, morirás rebelde—, pero cuestiono y critico que todos estemos haciendo lo mismo en los mismos lugares y de la misma forma como borregos en un rebaño.

En un mundo tan gigante como este en el que me está tocando vivir, no puedo admitir tanta uniformidad. No puedo creer que esto sea todo lo que tenemos para dar como profesionales, como seres humanos.

En una era en donde podemos ser lo que queramos, parece que todos queremos ser la misma cosa.

Me cuesta ver a tanta gente convencida de estar haciendo lo que quiere, cuando en realidad está haciendo ¡lo único que quiere Mark Zuckerberg!

Podría seguir escribiendo 3000 palabras más, porque estoy vertiendo aquí todo lo que me pasa por la cabeza, pero no quiero aburrirte. Por eso, a modo de conclusión, se me ocurre cerrar con esta reflexión:

No se trata de copiar al que triunfa, porque no te dará resultado.

Tampoco se trata de ser original y distinto a la fuerza, porque nadie te creerá.

Se trata de ser tú mismo, con tus luces y tus sombras. La autenticidad es lo verdaderamente único y especial, porque no hay en el mundo una sola persona igual a ti.

No importa si vendes galletas, clases de yoga o cursos de redacción. Lo que importa es que ames lo que hagas y lo hagas desde el corazón.

Un poco más de alma y bastante menos de tecnología, redes sociales y algoritmos, por favor.

¡BRILLEMOS CON LUZ PROPIA!

PD: a este post no le puse ninguna keyword en el Yoast de mi WordPress. Al carajo el SEO. Si solo entendiste la palabra «carajo», bienvenido al club, eres 1.0. Aquí estoy para acompañarte. smile

milenawetto.com

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