Nuestro lenguaje:

¿transformación o evolución?

El lenguaje español está cambiando. Pero ¿para bien o para mal? Llámenlo nostalgia, resistencia al cambio, inadaptación o como quieran, pero creo que nuestro bello y rico idioma está en franco deterioro y, en muchos casos, con el aval de quien debe defenderlo y preservarlo.  Aquí, mis apreciaciones sobre un tema que, seguramente, generará debate.

Antes de entrar en materia, debo dejar en claro dos cosas: lo que escribiré a continuación no es más que mi opinión personalísima; y no me considero una purista ni fundamentalista del lenguaje.

Muy por el contrario, defiendo la tesis de que cuanto más natural sea nuestra forma de escribir, mientras más directa, cercana y entendible, mejor resultado dará en nuestro interlocutor. Por eso siempre me decantaré por frases cortas, ideas sencillas, antes que por adornos excesivos o rimbombancias carentes de utilidad.

Pero eso sí: también abogaré porque todo lo escrito sea coherente, correcto, cuidado en sus formas y entendible en su fondo.

Y en esto de cuidar las formas, el patrón a seguir —nos guste o no— viene dado por la máxima autoridad de nuestra lengua española: la Real Academia, una institución que con sus trescientos y pocos años, ha tenido que flexibilizar sus normas para garantizar su supervivencia.

¿Transformación o evolución del lenguaje?

Sabemos que los tiempos que corren no se parecen en nada a aquellos de 1713 cuando se fundó en Madrid la Real Academia Española con el pomposo lema de «Limpia, fija y da esplendor». La globalización, la tecnología y los medios de comunicación vinieron a aderezar nuestro lenguaje con una cantidad sinfín de ingredientes de cualquier rincón del planeta.

Y así, uno a uno, los puristas fueron muriendo de un infarto al miocardio cuando se introdujeron al Diccionario de la Real Academia, palabras que en su vida hubiesen podido ni siquiera pronunciar, por considerarlas casi un pecado.

Aunque, pensándolo bien, esto de los eruditos y letrados horrorizados por la aceptación de nuevos vocablos ajenos al «buen castellano» debe haber mortificado a muchos a lo largo de la historia. Por ejemplo, con las más de cuatro mil palabras adoptadas del árabe, a raíz de la ocupación de los moros en la península ibérica. Palabras como ojalá, aceite, almohada o naranja, provienen del árabe, así como casi todas los nombres de las regiones o provincias españolas de la actualidad. Debió ser una patada en el hígado para los castizos. Si quieres saber más de este interesante tema, te invito a leer este artículo.

Cambia, todo cambia

Debemos entender que el lenguaje, como parte activa —y muy activa— de la cultura, es susceptible a transformaciones y adaptaciones. Si no fuera así, todavía hablaríamos como el Quijote de la Mancha.

Pero una cosa es entender y aceptar que el lenguaje debe cambiar como cambia todo dentro de las sociedades, y otra muy distinta es aceptar sin remilgos algo que, más que una evolución, podría considerarse una involución, una pérdida, un deslucimiento de nuestro hermoso y valiosísimo español.

Para explicarme mejor te pondré un par de ejemplos:

El reggaetón es un estilo musical que surgió hace ya dos décadas (sí, por increíble que parezca, ya hace casi 20 años de la aparición de este ritmo que muchos creímos que moriría al nacer). Actualmente los intérpretes de este género son los músicos mejor pagados del globo terráqueo y venden millones de copias de sus discos en todo el mundo (salvo en los países en los que, sabiamente, está prohibida su difusión), con canciones de un solo acorde y letras que, en el mejor de los casos, no dicen nada.

Claramente el reggaetón es un género que llegó para quedarse, pero… ¿podríamos llamarlo una evolución de la música? Piensa bien tu respuesta.

Voy con otro ejemplo: los grafitis en las calles. Una cosa es un mural, como los hay muchos, que embellecen la ciudad y le dan un toque humano a la selva de concreto, y otra cosa muy distinta son los héroes sin batallas que salen por las noches armados de pintura en aerosol a ensuciar cualquier pared pulcra con garabatos inentendibles que contaminan visualmente el paisaje, atropellan e invaden la propiedad pública y privada. ¿Pueden estos maleantes sin oficio llamarse artistas callejeros? ¿Pueden esos trazos sin sentido llamarse una evolución del arte? Yo creo que no.

Pues con el lenguaje y sus formas pasa lo mismo.

El español está en constante transformación, pero no necesariamente esta transformación puede llamarse evolución.

Escribimos más, pero con menos vocabulario

Nunca antes en la historia de la humanidad habíamos escrito tanto como en esta era. Chateamos más de lo que conversamos. Pero para nadie es un secreto que nuestro vocabulario ha mermado con el paso del tiempo y que los jóvenes de hoy tienen mucho más limitadas sus opciones para nombrar de formas diferentes a una misma cosa o expresar ideas más complejas.

Esto se debe especialmente a la falta de lectura, principal fuente de conocimiento del lenguaje, y también a la aparición de los emojis o emoticonos que han venido a sintetizar en una imagen una cantidad infinita de sentimientos, ideas y, por supuesto, palabras.

Pero todo esto es parte del cambio cultural de toda sociedad y como tal, hay que aceptarlo.

Toda transformación trae consigo dos posturas: una desafiante por parte de quien la impulsa y otra intransigente por parte de aquel que pueda sentirse afectado. La resistencia al cambio.

El meollo del asunto está en cuándo y hasta dónde se debe ceder y aceptar un cambio, si no significa un aporte para la evolución, sino por el contrario, un riesgo de involución.

Como defensora del lenguaje (defensora, no fundamentalista, repito), como fiel admiradora del español, uno de los idiomas más ricos y hermosos del planeta, se me hace muy difícil digerir que hoy, en este siglo XXI que ya es mayor de edad, existan palabras como «almóndiga», «toballa» o «culamen» en el diccionario de la Real Academia Española. Y aunque tengan al lado sus siglas aclaratorias de desuso o vulgaridad, en mi opinión, si están dentro del diccionario es porque pueden usarse. Si están en desuso ¿por qué aparecen? y si son términos vulgares, ¿por qué aparecen?

¿Qué tamaño tendría que tener nuestro diccionario si incluimos todas las palabras que alguna vez se usaron (aunque ya no) y además todos los vocablos coloquiales o vulgares que usamos a diario en cada rincón del planeta donde se habla español? Y más allá de eso, si la Real Academia Española es la cuidadora y defensora de nuestro lenguaje, ¿no contribuye exactamente a lo contrario al mantener estas palabras dentro de su libro máximo?

Me parece innecesario. Siento que hemos cedido ante la fuerza de la costumbre, como nos acostumbramos al reggaetón y ya hasta lo tarareamos, o como los rayones ilegibles en las paredes de la ciudad, que forman parte del paisaje y ya ni los vemos.

Todo tiene un límite

Ciertamente, el lenguaje es un elemento cultural activo y por lo tanto, siempre se está transformando.

Parte de esta transformación viene dada por la transculturización, que acepta el uso de palabras en otros idiomas.

Hasta allí, todo bien. Más que bien, diría yo, pues los hispanoparlantes estaríamos, casi sin darnos cuenta, hablando otras lenguas, como sucede cuando decimos «bye» en vez de «adiós» u «okey» en lugar de «está bien».

Gracias a esa transculturización, palabras como chat, cliquear o atachar están aprobadas y bien usadas. El problema, en mi opinión, comienza cuando intentamos castellanizar ciertas palabras. Y se agrava cuando a nuestra Real Academia  Española le da la real gana de aceptar esa deformación, creando una palabra nueva, escrita «como suena» para poder dormir tranquilos pensando que siguen siendo los guardianes de nuestro idioma y que gracias a ellos seguimos hablando en «buen» español.

No sé a ti, pero a mí me choca, y mucho, leer «me beberé un güisqui». Tardo unos milisegundos más en entender de qué se está hablando. ¿Por qué no escribir «me beberé un whisky» y ya?

Guardando las distancias es como aquellos latinoamericanos —muchos de ellos, paisanos míos— que se llaman Yon, Maiquel o Dayana (por John, Michael o Diana). ¡¿Qué necesidad hay?!

El lenguaje inclusivo, la cereza del postre

Este artículo que habla sobre el lenguaje inclusivo en Argentina y este otro sobre la polémica reciente en España por el mismo tema, desataron en mí la necesidad de escribir este post.

Un claro ejemplo de cómo las modas o los acontecimientos sociales influyen en la forma de hablar de las sociedades, se está viendo mucho en estos días con el empoderamiento y protagonismo de los movimientos feministas y de los defensores de la inclusión de minorías históricamente relegadas.

Aplaudo esas iniciativas y me emociona estar viviendo en un mundo que parece que al fin está tomando conciencia de que ciertas barreras y escalafones son un absurdo total e imperdonable a estas alturas del siglo.

Pero —siempre tengo un pero—, antes de que pudiéramos acostumbrarnos al «todos y todas», «trabajadores y trabajadoras» o «estudiantes y estudiantas» (sí, aunque no lo creas, lo dijo un alto mandatario latinoamericano) a ciertos grupos progresistas (¿?) les ha dado ahora por redoblar la apuesta.

¿Cómo? Pretendiendo incorporar una nueva forma que los incluya a «todes».

No, no… no me equivoqué al escribir. Esta nueva cruzada pretende que con la «e» se incluya al género masculino y al femenino en un solo término, ignorando la norma que indica que en español, el genérico (es decir, el que incluye a hombres y mujeres) es el masculino.

Se plantean aquí otras preguntas básicas: en primer lugar, ¿cómo escribiríamos estos «nuevos genéricos» en palabras como «chicos»,  «pocos» o «locos»? Tendríamos que escribirlas «chiques», «poques» y «loques», lo que implicaría un doble homicidio a nuestro idioma.

Por otra parte, y haciéndome eco de la integración de minorías, en donde ya no basta decir, por ejemplo, «la comunidad LGTB», sino que hay que ponerle ahora la I, la Q y ya casi todas las letras del abecedario, me pregunto: ¿se sentirán todos representados solo con esta modificación pseudo inclusiva del lenguaje o todavía quedarán quienes, ofendidos, reclamen alguna otra vocal para lograr una verdadera inserción de todos los actores sociales?

Finalmente, y dejando a un lado la ironía, creo que es necesario cuestionarnos: ¿acaso no lograríamos más igualdad e inclusión en nuestras sociedades patriarcales y machistas, con actos más necesarios y efectivos como por ejemplo, luchar por equiparar los sueldos de hombres y mujeres en el mismo cargo, des-cosificar a las mujeres en los medios de comunicación o desnaturalizar la violencia verbal contra los homosexuales?

Si lucháramos todos por lograr estas metas, pero siguiéramos hablando de «todos» para referirnos tanto al género masculino como al femenino… ¿no tendríamos un mejor mundo para vivir?

Gracias por leer mi reflexión. Me encantará leer tus comentarios.

Pin It on Pinterest

milenawetto.com